Your address will show here +12 34 56 78

Publicado en el Blog de El País, Mujeres (16 de julio de 2012)

 

“Madre, no esté preocupada ni intranquila por mí, que estoy muy bien. Usted coma, que yo saldré pronto. Además, ya les decía que estoy todo el día en un patio que da mucho el sol y me pondré muy morenita”

Palabras de Dionisia Manzanero, que murió sabiendo que era inocente. Palabras de una chica de veinte años convencida de que el Caudillo no perseguía las ideas, sino que hacía justicia con aquellos que habían cometido crímenes y robos. Y ella no era ni ladrona ni asesina. Sólo tenía ideas. Por eso tenía esperanza de salir con vida de entre las paredes de la cárcel de Ventas. Pero murió, hombro con hombro, con el resto de sus compañeras.

Carlos Fonseca documentó en su obra la historia más conmovedora de la Guerra Civil: la historia de Las Trece Rosas Rojas. Y en esa obra, once cartas que analizamos de tres de las rosas: Dionisia Manzanero, Julia Conesa y Blanca Brisac. Son palabras desde la cárcel que dicen más que su propio mensaje, hablan por sí solas si las estudiamos con detenimiento. Es tinta arrojada sobre papeles que eran regalos al llegar a sus destinatarios. Luz en un túnel oscuro. Vida ante la inminente amenaza de la muerte.

Las cartas de las rosas estaban cargadas de sentimientos donde no se olvidaban hacérselos llegar a una persona en concreto, una protagonista principal: sus madres. Porque hasta Blanca, al escribir a su hijo Quique, no se olvida de que su madre, Cuca, sería el pilar que educara a su hijo. Transmitían palabras de tranquilidad y de ilusión, de ánimo. Y siempre sus madres entre sus palabras y su preocupación porque comiesen, porque mantuviesen el ánimo altivo. Porque, desde fuera, siguieran luchando por ellas.

Dionisia Manzanero escribía y escribía pidiendo ropa limpia, tarea para la costura, algún arreglo en algún vestido demasiado ajustado… Quería vivir. Y así lo plasmaba entre sus palabras. Animosa, escribía cartas pero más largas eran cuando por fin ella recibía la de su familia o después de la comunicación. Maquillaba la realidad para hacer ver un imposible en aquellos tiempos. Se comió el rencor y el odio. Se comió la venganza hasta el final de sus días. Porque ella quería estar bien y que la viesen bien. Salud para un mañana que no volvería. Quería que su madre estuviese bien y padre, también. Hasta 24 veces han repetido la palabra bien las rosas en sus cartas. 24 veces…

 Siempre pensaban en sus familias antes que en ellas. Su preocupación era saber cómo estaba el resto… Julia así lo plasmaba aunque se advierta entre sus líneas la descomposición que sentía al saber que iba a morir. “Muchos ánimos”  -decía- “que yo no dejo de reír y de cantar”, pero… “hacer todo lo que sea por mí, pues como podéis comprender todos, que soy necesaria para ayudar a mamá a trabajar. Mamá, irás junto con las madres de mis amigas, o sea, con Adelina García y Julia Vellisca, pues no separarse y hacer todo lo que podáis las tres juntas, todo por nosotras, e ir a las Salesas y mirar la tablilla de penados, pues como podéis comprender, somos inocentes de todo, yo os lo aseguro”. Súplica: estoy bien, pero haced algo por nosotras….

Escribían palabras de cariño, palabras de amor, de bien y del querer. Y enviaban besos. Millones de besos. Y abrazos. Ninguna expresión negativa entre sus pensamientos en papel. Pero sí de orgullo: “con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar”. Decía Julia, aquella que no quería que su nombre se borrase en la historia.

No lloréis decían una y otra vez las rosas, no lloréis…

Blanca Brisac, hasta en la carta que le anunciaba el camino de la muerte a su hijo Enrique, lo quiso educar con la base férrea del amor para que los actos que lo acompañasen a lo largo de su vida estuvieran relacionados con el cariño y la inocencia que caracterizaba a sus padres.

Las cartas de las rosas comunicaban pasión hacia sus seres queridos, hacia sus familias, hacia sus hermanas y hermanos, a sus tíos, a sus novios… a nadie se les olvidaba hacer llegar su mensaje. Combatían el miedo con la lejana ayuda de su gente sin transmitir que lo sentían. Tapaban con niebla el sufrimiento y la realidad absorta que las embargaba en una infancia que no les correspondía.

Y serenas, aún sabiendo que eran inocentes, aún sabiendo que el futuro de las personas que más querían estaría marcado por el dolor de su ausencia, escribieron palabras de amor camino de la muerte.

6

EN muchas ocasiones se es fuerte porque se aprende a serlo, aunque a veces no se consiga… En otras, hay que nacer así para poder sobrevivir. Nino nació fuerte, aunque no lo sepa. Como tantas personas que esperaron y esperaron un regreso que jamás llegaría. Como tantas personas que esperaron a lo largo de los años cuarenta muertos en vida y, otros, muertos en la distancia.

A pesar de la novelesca obra que Almudena Grandes ha dibujado entre palabras de la historia -que es presente- todos podemos reconocer una época que existió, el Franquismo. Y aunque muchos quieran enterrarla, es una época que vive en la esencia de lo que hoy somos. No hay otra explicación.

Nino es el verdadero protagonista de esta historia, que la cuenta en primera persona con una profundidad abrumadora, con giros bellos y delicados que la buena literatura nos ofrece, la de Almudena.

Pero aunque Nino sea el verdadero protagonista de esta historia, permítanme hablar de un género que cobra fuerza en este relato. La mujer.  La mujer líder que espera, que es paciente. De un bando o de otro. La mujer que cría en soledad a sus hijos. La viuda a la que le quitan todo, la huérfana de amor insostenible. La abuela que educa y embellece, la que pasa hambre. La que reprocha al rival sin dudar. La novia, la esposa, la nieta que ama en silencio. La que huye con él. La embarazada que se enfrenta y defiende un amor que ahora es compartido entre el que espera en el monte y el que espera en su vientre. La que besa en mitad del peligro. La que trabaja y resiste. La que se hace más roja que nunca. La huele en la oscuridad de las tinieblas. La que es violada una y otra vez por la peor calaña, ex delincuentes de la Benemérita. La que sólo desespera cuando ve llegar por su casa aún más sangre. La que siente y actúa. La que se fortalece con el miedo y lucha.

Esa mujer que también se ve reflejada entre estas páginas. Son mujeres que penan y sufren. Pero son mujeres que comparten una cualidad: la seguridad. Mujeres civiles y políticas. El lector de Julio Verne admiraba a esas mujeres, convivía con ellas, aprendía de ellas. Las amó. Nino supo aprender de lo mejor de esa época: la valentía…

“En las personas valientes, el miedo es sólo consciencia del peligro (…), pero en los cobardes, es mucho más que ausencia de valor. El miedo también excluye la dignidad, la generosidad, el sentido de la justicia, y llega incluso a perjudicar la inteligencia, porque altera la percepción de la realidad y alarga las sombras de todas las cosas. Las personas cobardes tienen miedo hasta de sí mismas”

El lector de Julio Verne, 2011: pág. 196.

10

¡Viva España! Y ¡Viva el Consejo!

NO se encuentran palabras de tranquilidad ni de sosiego en ese discurso. Ninguna esperanza al alcance de ningún español. La Eurocopa se gana, pero no en Bruselas. E ahí el verdadero entramado. Y aunque el presidente del Gobierno afirme que está “de acuerdo en la ruta y en la meta”, al país no le parece lo mismo. Rajoy no ha subido el Mulhacén, y por eso anda aún perdido sin esquivar ninguna piedra. Perdido y plantando más obstáculos en un camino angosto, difícil y temerario. ¿Qué líder pone más dificultades a su propio equipo? Aquel que está enfermo de poder.

Mariano Rajoy ha comparecido en el Congreso de los Diputados con un discurso gris, aburrido y a base de decretazo. Con el estilo marcado en la necesidad de que lo peor es lo mejor. Cuanto más se sufra, mejor. Eso le ha pedido a los españoles, que sufran más para estar en mejor en un futuro. Pero… ¿qué futuro? Puede que muchos decaigan, mueran por el camino. Y entonces no habrá ciudadanos que se aprieten más. Parece que la ciudadanía española corre peligro de extinción con estas medidas.

Escogió mal las palabras. Ha escogido la mala lectura. Y no ha tenido en cuenta al auditorio, que lo detenía una y otra vez. El discurso de Mariano Rajoy ha empezado angosto, con muchos números y enumeraciones difíciles de memorizar. Se perdía la atención con cada pilar que creía explicar. ¿El número final del circo? La sorpresa de los nuevos recortes, nuevas medidas que atentan con una palabra fundamental en el contexto actual: Democracia.

Esta palabra cobra hoy una nueva acepción, porque las medidas ya no son recortes. Se trata de una reducción de libertades. Esa es la traducción cuando dejan a las grandes fortunas sin aplicación alguna. Son medidas que no se sostienen con la situación actual y con el fondo económico medio de los ciudadanos españoles. No sólo desconocen a la mayoría de las personas para las cuáles gobiernan, sino que también las ignoran. Al tiempo.

15

POSTS ANTERIORESPágina 85 de 222POSTS SIGUIENTES