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A propósito de las preguntas que me ha realizado la periodista, amiga y compañera Lorena Redonda para La Sexta, me gustaría matizar algunas cuestiones que rodean al ámbito de lo público cuando se trata de puestos de responsabilidad.

  • Olvido se precipitó cuando dijo que dimitía. Ni ella misma se esperaba los apoyos que iba a tener por parte de un paraguas de políticas influyentes, como el caso de Elena Valenciano o Esperanza Aguirre. Les ha hecho caso, ha sido paciente, ha aguantado el chaparrón y ha dado la cara. Positivo.
  • Olvido no ha dimitido. Una política, mujer y sexualmente activa no necesariamente tiene que dimitir. Debe demostrar con el tiempo que puede ganarse la confianza, de nuevo, de los ciudadanos. Actos como este merman su reputación y debilitan la credibilidad. Sólo el tiempo y la buena gestión puede recomponer las piezas dañadas. A este respecto: estrategia, estrategia y estrategia. Positivo.
  • No es lo mismo un caso de crisis de comunicación de carácter sexual si es hombre o si es mujer. En el caso de la mujer, desgraciadamente, se castiga más de cara a la opinión pública. Crisis de reputación por tanto. Tampoco es lo mismo dependiendo del país en que se ejerza el cargo. Como vimos en Bill Clinton, el caso se apagó. Y qué decir de Berlusconi. En otros, no. Negativo.
  • En España, la credibilidad de nuestros políticos pasa por una grave crisis. Casos como este, aunque sean de una importancia mínima, la debilitan aún más. Para ello, la medicina no pasa por cambiar al rey degollado –o en este caso a la reina- sino por mejorar la POLíTICA en su conjunto. Una mujer sexualmente activa puede ejercer cualquier profesión. Su actividad íntima no debilita su profesionalidad.
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¡Viva España! Y ¡Viva el Consejo!

NO se encuentran palabras de tranquilidad ni de sosiego en ese discurso. Ninguna esperanza al alcance de ningún español. La Eurocopa se gana, pero no en Bruselas. E ahí el verdadero entramado. Y aunque el presidente del Gobierno afirme que está “de acuerdo en la ruta y en la meta”, al país no le parece lo mismo. Rajoy no ha subido el Mulhacén, y por eso anda aún perdido sin esquivar ninguna piedra. Perdido y plantando más obstáculos en un camino angosto, difícil y temerario. ¿Qué líder pone más dificultades a su propio equipo? Aquel que está enfermo de poder.

Mariano Rajoy ha comparecido en el Congreso de los Diputados con un discurso gris, aburrido y a base de decretazo. Con el estilo marcado en la necesidad de que lo peor es lo mejor. Cuanto más se sufra, mejor. Eso le ha pedido a los españoles, que sufran más para estar en mejor en un futuro. Pero… ¿qué futuro? Puede que muchos decaigan, mueran por el camino. Y entonces no habrá ciudadanos que se aprieten más. Parece que la ciudadanía española corre peligro de extinción con estas medidas.

Escogió mal las palabras. Ha escogido la mala lectura. Y no ha tenido en cuenta al auditorio, que lo detenía una y otra vez. El discurso de Mariano Rajoy ha empezado angosto, con muchos números y enumeraciones difíciles de memorizar. Se perdía la atención con cada pilar que creía explicar. ¿El número final del circo? La sorpresa de los nuevos recortes, nuevas medidas que atentan con una palabra fundamental en el contexto actual: Democracia.

Esta palabra cobra hoy una nueva acepción, porque las medidas ya no son recortes. Se trata de una reducción de libertades. Esa es la traducción cuando dejan a las grandes fortunas sin aplicación alguna. Son medidas que no se sostienen con la situación actual y con el fondo económico medio de los ciudadanos españoles. No sólo desconocen a la mayoría de las personas para las cuáles gobiernan, sino que también las ignoran. Al tiempo.

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DURANTE los días 14, 15 y 16 de junio se sucedieron diferentes ponencias en torno a la comunicación política en la Alhóndida, Bilbao, organizado por ACOP (Asociación Comunicación Política). Si hace dos años, para los que nos iniciábamos en este mundo entrando de lleno en lo profesional, el I Encuentro suponía un punto de inflexión y toda una oportunidad para ahondar en la parte más estratégica, este año ha supuesto una apertura de ojos, una gran película en la que se ven pasar frames entre luces y sombras.

Cada minuto supuso un reto. Y el objetivo fue compartir experiencias y enriquecer la profesión para, a su vez, enriquecer el entorno en el que vivimos. Para algunos dicho objetivo se consiguió. Para otros, francamente no.

El cartel era muy bueno: Evgeny Morozov, intentando aportar lo mejor de sí ante el desengaño de Internet; Michael Gazzaniga, entre la justicia y la libertad de las personas, no de los cerebros; Steven Dong y Wiebo, que no Twitter, y su no tan mala censura en China; Judith Torrea, haciendo de su voz la melodía mexicana que cuenta el relato de Ciudad Juarez, en la sombra del narcotráfico; Esteban Moro explicando los RT’s con consecuencia y software, y las ráfagas de la comunicación humana; Leandro Raposo, con su “joder” contundente en medio de su ponencia y la demostración de que las campañas que deberían estar desarrollando los políticos, las están haciendo las empresas. Cristina Gallach y Sergio Jellinek dieron duras ponencias en relación a Europa y al Banco Mundial. Manuel Campo Vidal trajo consigo su experiencia en la mesa de debate de los candidatos que quisieron ser un día presidentes a partir de tres premisas: liderazgo, confianza y preparación. Gianpietro Mazzoleni no habló de su política pop. David Redoli volvió a darnos pinceladas sobre discursos, pero con una novedad: un vídeo final que impactó sobre las palabras, esas que son capaces de cambiar el rumbo de nuestra historia. Christian Salmon y sus cuatro condiciones sistémicas (Storytelling, timing, marco conceptual y networking) no supieron sorprender; Margaret Scammell y su concepto analítico de la marca. Antonio Sola, y sus ¿400 campañas?, junto con Nagore de los Ríos y ese striptease,  para hablar de open government, que atrajo la atención para resto de la ponencia , fueron las exposiciones más valoradas por los asistentes. José Miguel Contreras (el catedrático que no es cómo los de antes), su bronceados, sus partidos de tenis a la hora de comer, el cómo ser empleado en esta profesión siendo el chico de los cafés, el porqué no cobrar la asesoría política, y aquello sobre lo que nos faltó tiempo para hablar, crisis, marcaron la jornada de la tarde. Roman Gubern (el catedrático de los de siempre) narró de historia y de cine, pero también preguntó, y se intentaba responder. Y, como colofón, Stanley Greenberg, el que fuera asesor de Clinton y Mandela, repitió en Bilbao y se convirtió en socio honorario de ACOP. Nos habló de elecciones en EEUU, Obama, Romney y, documentado, lo que decidirá esta campaña: clase media y economía.

Los talleres organizados para el sábado los dirigieron Joaquín Fernández, Jorge Santigo Barnés, Javier Puig, Jorge Rábago, Daniel Ureña y Yago de Marta.

Si hay algo faltó en este encuentro fue profundizar más sobre “la que nos está cayendo” y convertirse en un real laboratorio de tendencias en torno a esta crisis.

Ahora bien, si esto supone un punto de partida en relación a la mejora de nuestra profesión desde el pedestal profesional y académico, hay algo que debemos de trabajar por nosotros mismos para ser ejemplo de calidad y no de mediocridad:

  1. Antes de dar una ponencia, infórmate de quién es tu audiencia.
  2. No pidas un Mont Blanc a tu público como quien pide un boli bic.
  3. Cita SIEMPRE: no te lucres de las teorías de investigadores y académicos de las cuales no te acuerdas y que no conoces.
  4. Prepara tus exposiciones, que no se noten que son presentaciones anticuadas sin fundamentos.
  5. Adecua tu mensaje en relación al contexto.
  6. El protagonista es el mensaje, no tú mismo.
  7. No confundir conceptos técnicos y tampoco básicos: que la experiencia (o mala experiencia) no te juegue una mala pasada.
  8. Si te presentas para liderar un “taller” sobre un tema en concreto, no des una charla de más de tres horas sobre otro distinto. 

 

 


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