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PODEMOS anunciar abiertamente que nuestro Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, está enfermo. Contagiado por la crisis aparece con un aspecto insalubre. Unas ojeras ensangrentadas se han apoderado de su descanso. Uno pómulos caídos parecen soportar el peso más extremo. Su sonrisa es plana, horizontal, inapetente. Y la delgadez de su rostro ha hecho aparecer un cuello demasiado arrugado o demasiado cansado, cuál pavo que pide hambriento.

Como España, Rajoy también está enfermo. Hasta Obama le regaña. La preocupación y la tensión le ha llevado a un extremo lejos de proyectar confianza y esperanza. Transmite preocupación. Cansancio. Transmite desconcierto. Así las cosas. Evoca el “madre mía, madre mía, madre mía” que suelen repetir las madres cuando ven una mancha imperdonable en la ropa del niño  difícil de hacerla desaparecer.

Su gesto es preocupante y preocupa. Su rostro evoca desesperación que desespera. Transmite descrédito, y desacredita. Una barba anciana que transmite ya la suficiente madurez como para abandonar a pesar de que acaba de llegar. Inseguridad, desconfianza. Eso es todo lo que nos da este nuevo presidente en el momento más crítico para España.

Sus palabras ya no importan: apenas las escuchamos, no las creemos. Este presidente perdió la credibilidad en menos de 100 días, pero con elegancia. Esa voz que se retracta posteriormente ya ha perdido toda la atención y toda su intención. Esos ojos que ya no miran, sólo ven, se agotaron indiferentes agarrándose a un porvenir que no le pertenece.

Y si el presidente de España se nos contagió, ¿cómo no va a contagiarse la ciudadanía de España? Comienza un ciclo sin fin con ganas de que ya termine esta agonía. La que nuestro presidente siente, la que padece. Agonía.

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CONVERSACIONES que van y vienen, la que me dio la idea de escribir este post. Esperas que se hacen esperar. Desencantados. Indignados. Desconformes. La lentitud de la Administración, la lejanía de la mal llamada “clase política”. Tiempo que perdemos hasta que nos escuchan. Tiempo que perdemos hasta que nos prestan atención, hasta que nos atienden (¿nos atienden?). Procesos abiertos en las Universidades, en las Instituciones públicas… Procesos que no terminan nunca y un sentimiento: el de inferioridad.

Los ciudadanos esperamos con respetuosidad hasta ser atendidos por lo Público porque así nos lo han hecho ver y nos lo han impuesto. La burocracia se impone, y nosotros seguimos respetando ese tiempo que no tenemos. Ellos arriba, el resto abajo.  Aunque nos hallemos desesperados, aunque la espera sea tan larga que la paciencia reviente en nosotros mismos. Un complejo: el de ser inferiores a ellos y de sentir que, por eso mismo, tenemos el deber de esperar.

¿Por qué los estudiantes han de esperar procesos de larga espera víctimas de una mala gestión burocrática? ¿Por qué los proveedores han de esperar eternamente a que la Administración les pague facturas a deber desde años atrás hasta hoy? ¿Por qué nosotros debemos cumplir a tiempo y ellos no? ¿Por qué hemos de esperar ser atendidos a lo largo de horas, días, meses… por alcaldes, concejales, diputados, el sistema sanitario… sin una explicación y sin una justificación? ¿Es que acaso vivimos anclados en feudos? ¿El ciudadano es acaso menos persona que el gestor, que el administrador, que el político, que el profesor…? ¿Vale menos el tiempo de un ciudadano?

Tu tiempo no vale más que el suyo. El tiempo de espera no puede convertirse en una debilidad. Ese tiempo perdido será un tiempo que no volverá. Esa debilidad se puede convertir en fortaleza si se es estratégico y si se sabe gestionar. Si tú, ciudadano, conviertes ese tiempo de espera en una oportunidad, ese tiempo será más valioso que el del resto.

Como comenta Antoni Gutiérrez-Rubí, hoy mismo en su post“esperamos, que la política democrática comprenda el tempo de la sociedad”. Si no es así, es que la Política, con mayúsculas, no habrá entendido nada. No habrá comprendido el tablero en el que juegan y cuál es el comportamiento del resto de las fichas: actívate, muévete, gestiónate. 

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MUJERES y políticas que visten de negro. Políticas y mujeres que abren su armario de cada día, repasan la agenda y eligen en función de los quehaceres, de los actores de la función y de la escena a interpretar. Atributos y significados en función del cargo que ostentan. Un contexto único en España. Un luto que no debería celebrarse. De eso tratan las siguientes palabras publicadas en el número 25 de la revista Campaigns & Elections.

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